lunes, 28 de septiembre de 2015

Deepak Chopra: El libro de los secretos. Secretos: 4,5 y 6.


Secreto 4
Ya eres lo que deseas ser


A los 21 años, cuando estudiaba medicina en Nueva Delhi, tuve que elegir entre dos tipos de amigos. Los del tipo materialista se levantaban al mediodía y asistían a fiestas en las que se bebía Coca-Cola y se bailaba al compás de los discos de los Beatles. Habían descubierto los cigarrillos y las mujeres, así como la manera de beber alcohol de contrabando.
Los del tipo espiritual se levantaban al amanecer para ir al templo (aproximadamente a la hora en que los materialistas regresaban tambaleándose a sus casas y sufriendo la resaca), comían arroz en un plato y bebían agua o té, normalmente en el mismo tazón.
En ese momento no me parecía extraño que todos los materialistas fuéramos hindúes y que todos los del tipo espiritual fueran occidentales. Los hindúes ansiábamos salir de casa e ir a algún lugar en el que hubiera Coca-Cola, buen tabaco y whisky a bajo precio y en abundancia. Los occidentales no dejaban de preguntar dónde se hallaban los santos de India, aquellos que podían levitar y curar leprosos con sólo tocarlos. Yo me uní a los materialistas, de los que había muchos en mi clase. Ninguno de los nacidos en India se consideraba un buscador espiritual.
Hoy no elegiría entre dos tipos de personas; todos somos buscadores. Buscar significa ir en pos de algo. La búsqueda de mis condiscípulos hindúes era la más fácil, pues obtener dinero y objetos finos es fácil; por el contrario, los occidentales de tipo espiritual casi nunca encontraban al santo que buscaban. Yo pensaba que esto se debía a lo escasos que son los santos, pero ahora me doy cuenta de que lo que derrotaba su sed de una vida superior era la búsqueda en sí. Las tácticas que obtienen whisky y discos de los Beatles fracasan miserablemente cuando se va en pos de la santidad.
Aquí el secreto espiritual es éste: tú eres lo que estás buscando. Tu conciencia proviene de la unidad. En lugar de buscar fuera de ti mismo, encuentra la fuente de la unidad y comprende lo que eres.
“Búsqueda” es una palabra que se utiliza frecuentemente en relación con la espiritualidad, y muchos se enorgullecen de llamarse buscadores. Con frecuencia son los mismos que alguna vez persiguieron vehementemente dinero, sexo, alcohol o trabajo, y ahora esperan encontrar con la misma intensidad adictiva a Dios, el alma o el ser superior. El problema es que la búsqueda parte de una premisa errónea. No me refiero a la creencia de que el materialismo es corrupto y la espiritualidad pura. Es cierto que el materialismo puede volverse una obsesión, pero lo importante es que la búsqueda está condenada al fracaso porque te conduce fuera de ti. Da lo mismo que el objetivo sea Dios o el dinero. Una búsqueda productiva exige desechar la idea de ganar un trofeo. Esto significa actuar sin la esperanza de alcanzar un yo ideal, de llegar a un lugar mejor del que saliste. Partes de ti y en ti están todas las respuestas. Debes desechar la idea de ir desde A hasta B. No hay distancia que recorrer: la meta no está en otro sitio. También debes desechar conceptos establecidos como alto y bajo, bien y mal, sagrado y profano. La realidad única incluye todo en su maraña de experiencias, y lo que buscamos es a quien experimenta, a quien está presente independientemente de cuál sea la experiencia.
Pensando en las personas que se esfuerzan por erigirse en modelos de virtud, alguien acuñó la acertada expresión “materialismo espiritual”, que alude al traslado de los valores que operan en el mundo material al mundo espiritual.
Materialismo espiritual
Errores del buscador


q  Definir una meta.
q  Luchar por alcanzarla.
q  Seguir el camino de otro.
q  Esforzarse por mejorar su persona.
q  Establecer límites temporales.
q  Esperar milagros.

La mejor manera de ser un buscador auténtico es evitar estos escollos.
No definas una meta. El crecimiento espiritual es espontáneo, Los acontecimientos significativos se presentan de improviso, igual que los nimios . Una sola palabra puede abrir tu corazón; una sola mirada puede decirte quién eres en realidad. La conciencia no se alcanza mediante un plan; más bien es como armar un rompecabezas sin conocer la imagen que forma. Los budistas tienen un dicho: “Si en el camino encuentras a Buda, mátalo”. Esto significa que si estás representando un guión espiritual escrito con anterioridad, más vale que lo entierros. Lo único que puedes concebir son imágenes, y las imágenes no son la meta.
No te esfuerces por alcanzar la meta. Si hubiera una recompensa espiritual al final del camino —una olla llena de oro, las llaves del cielo— todos lucharíamos por obtenerla. Valdría la pena cualquier empeño. Pero, ¿sirve de algo que un niño de dos años se esfuerce por cumplir tres?
No, porque el desarrollo surge del interior. No hay una remuneración económica sino una nueva persona. Lo mismo ocurre con el desarrollo espiritual: es tan natural  como el crecimiento del niño, pero no en el plano fisiológico sino en el de la conciencia.
No sigas el camino de otro. Hubo un tiempo en que creí que para alcanzar la iluminación debía meditar durante el resto de mi vida utilizando cierto manirá. Estaba siguiendo un mapa trazado miles de años atrás por los sabios de la mayor tradición espiritual hindú. Pero hay que tener cuidado: seguir el mapa de otro puede habituarte a los pensamientos rígidos, los cuales, aun cuando se refieren al espíritu, no favorecen la libertad. Recoge enseñanzas de todas partes. Sé fiel a las que te ayudan a progresar y mantente abierto a los cambios.
No intentes mejorar tu persona. El progreso personal nos ayuda a superar situaciones negativas como depresión, soledad e inseguridad. Sin embargo, si buscas a Dios o la iluminación porque quieres liberarte de la depresión y la ansiedad, deseas más autoestima o menos soledad, tu búsqueda tal vez no tenga fin. En esta área del conocimiento no hay nada escrito. Algunas personas sienten un gran progreso conforme su conciencia se expande, pero hace falta un fuerte sentido del yo para confrontar los muchos obstáculos y retos del camino. Si te sientes débil o frágil, puedes sentirte aún más débil y frágil al confrontar las energías de las sombras en tu interior. La conciencia expandida tiene un costo —debes renunciar a tus limitaciones— y para quien se siente víctima, esa limitación es tan obstinada que el progreso espiritual es muy lento.
Mientras haya un conflicto en tu interior habrá un gran obstáculo en tu camino. Lo más conveniente es buscar ayuda en el nivel donde está el problema.
No establezcas límites temporales. He conocido a innumerables personas que renuncian a la espiritualidad porque no alcanzan sus metas con la suficiente rapidez. “Le dediqué diez años. ¿Qué puedo hacer? La vida es corta. A otra cosa.” Lo más seguro es que estos guerreros de fin de semana hayan dedicado sólo un año o un mes a recorrer el camino, y que la ausencia de resultados los haya desanimado. La mejor manera de evitar decepciones es no establecer límites temporales, aunque a muchas personas esto les resta motivación. Pero la motivación no los iba a llevar a su meta. Por supuesto, se requiere disciplina para meditar regularmente, asistir a clases de yoga, leer textos inspiradores y mantener presente nuestra visión. Para adquirir el hábito de la espiritualidad hace falta dedicación. Pero si nuestra visión no se despliega cada día, inevitablemente nos distraeremos. En vez de establecer límites temporales, procúrate apoyo para el crecimiento espiritual mediante maestros personales, grupos de diálogo, compañeros que compartan el sendero contigo, retiros regulares, un diario. Serás menos susceptible a las decepciones.

No esperes milagros. No importa cómo definas milagro: la aparición repentina del amor perfecto, la cura de una enfermedad mortal, ser ungido por un gran líder espiritual, el éxtasis perpetuo. Quien  espera un milagro deja a Dios todo el trabajo: distingue entre nuestro mundo y el mundo sobrenatural, y espera que algún día éste repare en él.
Como sólo hay una realidad, tu tarea es ir más allá de las fronteras de la división y la separación. La expectativa de milagros perpetúa las fronteras y te mantiene lejos de Dios, conectado a él sólo por ilusiones.
Si salvas los escollos del materialismo espiritual te sentirás menos tentado a perseguir metas imposibles. Esta clase de persecución comenzó cuando las personas se convencieron de que Dios reprueba lo que hacemos y espera de nosotros un comportamiento ideal. Resulta difícil imaginar un Dios, por amoroso que sea, que no se sienta decepcionado, enojado» deseoso de vengarse o indignado cuando no estamos a la altura de ese ideal. Las personalidades espirituales más importantes de la historia no sólo fueron cabalmente buenos, también cabalmente humanos. Aceptaban, perdonaban y evitaban juzgar. Creo que la forma más elevada del perdón se alcanza al aceptar que la creación está entretejida de manera inextricable y que toda cualidad imaginable tiene la oportunidad de manifestarse. Necesitamos aceptar de una vez por todas que sólo hay una vida y que cada quien es libre de moldearla mediante sus elecciones. La búsqueda no puede llevarnos de un lugar a otro porque todo está entrelazado. Lo único que siempre será puro y prístino es tu conciencia, una vez que la hayas desbrozado.
Es mucho mas fácil perpetuar la lucha entre el bien y el mal, lo sagrado y lo profano, nosotros y ellos. Pero cuando la conciencia se expande, la pugna de los opuestos se aplaca y surge algo nuevo: un mundo en el que nos sentimos cómodos. El ego te perjudicó al arrojarte a un mundo de contrarios. Éstos siempre están en conflicto —sólo eso saben hacer—, ¿y quién puede sentirse cómodo en medio de un combate? La conciencia ofrece una alternativa más allá de las contiendas.
Anoche mientras dormía tuve un sueño. Las imágenes eran las usuales de un sueño; no las recuerdo bien. De repente percibí la respiración de alguien. Al cabo de un segundo me di cuenta de que era mi esposa, quien se había movido mientras dormía. Yo sabía que se trataba de ella, y también que yo estaba soñando. Por un instante estuve en ambos mundos, y finalmente desperté.
Sentado en la cama, tuve la extraña sensación de que la irrealidad de los sueños carecía de sentido. La vigilia es más real que ellos sólo porque así lo hemos decidido. De hecho, el sonido de la respiración de mi esposa está en mi cabeza, esté soñando o despierto. ¿Cómo puedo distinguir un estado de otro? Alguien más debe estar viendo: un observador que no está despierto, dormido ni soñando. La mayor parte del tiempo estoy tan inmerso en esos estados que no tengo otra perspectiva. El observador silencioso es la versión más simple de mí, la que simplemente es.
Si eliminas todas las distracciones de la vida, lo que queda eres tú. Esta versión de ti no tiene que pensar ni soñar; no necesita dormir para sentirse descansado. Es muy gratificante encontrarla porque vive en un estado de paz, por encima del bullicio y ajena a la batalla de los contrarios. Cuando buscamos estamos respondiendo al llamado silente y sereno de este nivel de nosotros mismos. Buscar es en realidad una manera de recuperarnos.
Pero para recuperarnos es necesario acercarnos lo más posible a cero. La realidad es, en esencia» existencia pura.
Reúnete contigo ahí y podrás crear lo que quieras. El “yo soy” contiene todo lo necesario para hacer un mundo, aunque en sí no es más que un testigo silencioso.
Ya has realizado el ejercicio de mirar una rosa y reducirla desde el estado físico hasta el de energía vibrando en el vacío. La segunda parte del ejercicio consistió en comprobar que tu cerebro puede descomponerse del mismo modo. Entonces, cuando vemos una rosa, ¿es la nada contemplando a la nada?
Así parece, pero el fenómeno real es más sorprendente: estás mirándote a ti mismo. Una parte de tu conciencia, la que llamas “yo”, está mirándose en la forma de una rosa. Ni el objeto ni el observador tienen un núcleo físico. No hay una persona dentro de tu cabeza; sólo un remolino de agua, sal, azúcar y algunas otras sustancias químicas como potasio y sodio. Este remolino —el cerebro— está siempre fluyendo, por lo que cada experiencia viaja por corrientes y remolinos tan rápidos como un río de montaña. Entonces, si el observador silencioso no está en el cerebro, ¿dónde está? Los neurólogos han identificado pautas y ubicaciones para todos los estados de ánimo posibles; sin importar cuál esté experimentando la persona —depresión, euforia, creatividad» alucinación, amnesia, parálisis, deseo sexual o cualquier otro—, el cerebro presenta una pauta característica de actividad distribuida en varios sitios. Sin embargo, no hay ubicación ni pauta para quien tiene esas experiencias: podría no estar en ningún lugar, al menos en ninguno que la ciencia pueda identificar.

No podemos sino sentirnos enormemente emocionados.
Que el tú real no esté en tu cabeza significa que estás en libertad, igual que la conciencia. Esta libertad es ilimitada: puedes crear lo que sea porque estás en cada átomo de la creación. Sea cual sea el deseo de tu conciencia, la materia obedecerá. En efecto, tú estás primero y el mundo después.
Puedo escuchar los gritos airados de quienes afirman que los creyentes de hoy se sienten más poderosos que Dios, quienes en vez de acatar sus leyes definen el mundo a su antojo.
Esta crítica tiene algo de verdad, pero debe contextualizarse.
Piensa en un bebé que ha gateado durante varios meses y descubre de repente un nuevo modo de desplazarse llamado caminar. Todos hemos visto a un niño que descubre sus piernas: su rostro refleja una combinación de inestabilidad y de- terminación, inseguridad y alegría. “¿Podré hacerlo? ¿Será mejor seguir gateando como hasta ahora?” Lo que vemos en la cara del niño son los mismos sentimientos encontrados de quien se encuentra en una encrucijada espiritual. En ambos casos, todo resulta desconocido. El cerebro motiva al cuerpo, el cuerpo transmite información inesperada al cerebro, acciones inéditas empiezan a surgir de la nada, y aunque toda la situación resulta amenazante, la excitación nos impulsa: “No sé a dónde voy, pero debo llegar”.
Todas las experiencias ocurren en el caldero burbujeante de la creación. Cada momento de la vida lanza al cuerpo a una mezcla inestable de mente, emociones, percepciones, conductas y sucesos externos. Tu atención es atraída en todas direcciones. En un momento de despertar espiritual, el cerebro está tan confundido, feliz, inseguro, intranquilo y sorprendido como el bebé que descubre sus piernas. Pero en el nivel del testigo» esta confusa mezcla resulta totalmente diáfana: todo es uno. Piensa de nuevo en el bebé. Cuando avanza vacilante, el mundo se tambalea con él. No hay lugar firme donde plantarse ni oportunidad de decir: “Tengo el control. Esto saldrá tal como lo planeo”. El bebé no tiene más remedio que sumergirse en un mundo pictórico de nuevas dimensiones.
¿Es posible vivir de esta manera, sumergiéndonos en nuevas dimensiones a cada momento? No; es necesario encontrar la estabilidad. Desde la infancia la hemos hallado en el ego, imaginando un “yo” invariable que tiene el control o al menos intenta poseerlo. Pero hay algo mucho más estable: el testigo.


Encuentra al testigo silencioso
Cómo buscar en tu interior.


1. Sigue el flujo de la conciencia.
2. No resistas a lo que ocurre dentro.
3. Ábrete a lo desconocido.
4. No censures ni niegues lo que sientes.
5. Ve más allá de ti mismo.
6. Sé auténtico, expresa tu verdad.
7. Haz del centro tu hogar.

Sigue el flujo. La frase “sigue tu sueño” se ha convertido en una máxima para muchas personas. El principio que la sustenta es que la mejor guía para el futuro es aquello que produce mayor alegría a una persona. Una guía aún más confiable es seguir tu conciencia conforme se desarrolla. En ocasiones, ésta no se identifica con la alegría o con nuestro sueño. Tal vez descubras una necesidad oculta de sentir pesar o una sensación persistente de malestar o descontento con las limitaciones de tu vida actual. Pero la mayoría de las personas no siguen estas señales; buscan mentes externas de felicidad y piensan que su sueño está en ellas. En cambio, si sigues tu conciencia descubrirás que abre un sendero a través del tiempo y el espacio. La conciencia no puede desarrollarse sin desarrollar también los sucesos externos que la reflejan. Así se vinculan deseo y propósito: si sigues tu deseo, el propósito se revela. Hay un flujo que vincula los sucesos desconectados, y tú eres ese flujo. Cuando eras niño, el flujo te llevó de una etapa de desarrollo a la siguiente; ahora puede hacer lo mismo. Nadie puede predecir tu siguiente etapa, ni siquiera tú.
Pero si estás dispuesto a seguir el flujo, el camino te acercará al testigo silencioso, quien reside en la fuente de todos tus deseos.
No resistas a lo que ocurre. Es imposible ser nuevo y viejo al mismo tiempo, pero todos queremos ser los mismos a la vez que realizamos cambios. Ésta es la fórmula perfecta para atascarse. Con el fin de buscar tu verdadero yo debes abandonar imágenes antiguas de ti mismo. Es irrelevante si te agrada quién eres o no. Una persona con autoestima elevada y logros sobresalientes está atrapada por igual en la guerra de contrarios. De hecho, estos individuos suelen pensar que están ganando esa guerra para el lado “bueno”. La parte de ti que se ha liberado de todas las batallas es el testigo. Si quieres encontrarlo» más vale que te prepares: los viejos hábitos centrados en ganar y perder, ser aceptado o rechazado, sentirse en control o disperso, empezarán a cambiar. No te resistas a este cambio; te estás despojando de los adornos del ego y adquiriendo un nuevo sentido del yo.
Ábrete a lo desconocido. Este libro, dedicado al misterio de la vida, vuelve continuamente a lo desconocido. Lo que crees que eres no es real sino una mezcla de sucesos pasados, deseos y recuerdos. Esta mezcolanza tiene vida propia: avanza por el tiempo y el espacio experimentando sólo lo que ya conoce. Una experiencia nueva no es nueva en realidad; es un leve giro de sensaciones bien conocidas. Abrirte a lo desconocido significa arrancar de raíz tus reacciones acostumbradas y hábitos. Observa cuan frecuentemente las mismas palabras salen de tu boca, las mismas preferencias y aversiones dictan lo que haces con tu tiempo, las mismas personas hacen de tu vida una rutina. Toda esta familiaridad es como una concha. Lo desconocido está fuera de ella, y para encontrarlo debes estar dispuesto a recibirlo.
No censures ni niegues lo que sientes. En la superficie, la vida cotidiana es mucho más cómoda que nunca. No obstante, las personas aún llevan vidas de silenciosa desesperación. La fuente de ésta es la represión, la sensación de que no podemos ser lo que queremos ser, sentir lo que queremos sentir, hacer lo que queremos hacer. Un creador no debe estar limitado de esta manera. Ninguna autoridad ejerce esta represión sobre ti; es totalmente autoimpuesta. Cada parte de ti que no puedes enfrentar levanta una barrera entre tú y la realidad. Y sin embargo, las emociones son totalmente privadas. Sólo tú sabes cómo te sientes, y cuando dejas de censurar tus emociones, el efecto supera por mucho la simple sensación de bienestar. El objetivo no es experimentar sólo emociones positivas. La libertad no se alcanza sintiéndose bien; se alcanza siendo fiel a uno mismo. Todos tenemos deudas emocionales con el pasado, en la forma de sentimientos que no pudimos expresar. El pasado no quedará atrás mientras estas deudas no estén saldadas. No debes volver con la persona que te hizo enojar o asustó, con la intención de modificar el pasado. Para esa persona, el impacto no será el mismo que para ti. El propósito de cancelar las deudas emocionales es encontrar tu lugar en el presente.
El ego tiene un repertorio de racionalizaciones para coartar tu libertad emocional:
q  No soy el tipo de persona que tiene esos sentimientos.
q  Debería superarlo.
q  A nadie le interesa saber de estos sentimientos.
q  No tengo derecho a sentir dolor; no es justo para los demás.
q  Sólo abriré viejas heridas.
q  Lo pasado, pasado.
Si te sorprendes diciendo cosas así para evitar enfrentar sentimientos dolorosos, puede que logres mantenerlos reprimidos. Pero cada sentimiento oculto y bloqueado es como un pedazo de conciencia congelada. Mientras no se derrita, seguirás diciendo “Yo soy este dolor” aunque te rehúses a verlo: te tiene en sus garras. Éste es otro obstáculo que debe disolverse entre tú y el testigo silencioso. Debes dedicar tiempo y atención, sentarte con tus sentimientos y permitirles decir lo que deben decir.
Ve más allá de ti mismo. Sí habitas un yo estable y fijo puedes creer que has logrado algo positivo. Las personas suelen decir: “Ahora me conozco a mí mismo”. Lo que en realidad conocen es una imitación de un yo real, una colección totalmente histórica de hábitos, etiquetas y preferencias.
Debes ir más allá de esta identidad creada por ti mismo, para hallar la fuente de energía nueva. El testigo silencioso no es un segundo yo. No es un como traje nuevo que cuelgues en el clóset y te pongas para remplazar el traje raído que has desgastado.
El testigo es una sensación del yo que está más allá de las fronteras. Hay un poema impresionante del gran poeta bengalí Rabindranath Tagore en el que imagina cómo será morir. Él tiene una profunda intuición de que será como una piedra derritiéndose en su corazón:
La piedra se derretirá en lágrimas
porque no puedo permanecer cerrado a ti por siempre
no puedo escapar sin ser conquistado.
Desde el cielo azul un ojo mirará hacia abajo
para convocarme en silencio.
A tus pies recibiré la muerte completa.
Para mí, es la descripción perfecta de ir más allá de uno mismo. Pese a haber vivido con una parte dura en el corazón, no puedes evitar tu yo real. Es el ojo silencioso que mira hacia abajo. (En vez de decir “recibiré la muerte”, el poeta pudo decir “recibiré la libertad” o “recibiré la alegría”) ir más allá de uno mismo significa tomar conciencia, con determinación auténtica, de que tu identidad fija es falsa. Entonces, cuando el ego te exija ver el mundo desde la perspectiva de “qué hay en él para mí”, podrás liberarte respondiendo: “ese yo no está a cargo ya”.
Sé auténtico. ¿Por qué se dice que la verdad nos hará libres? Las personas son excluidas y castigadas todo el tiempo por decir la verdad. Las mentiras triunfan frecuentemente.
Un acuerdo cortés para dejar las cosas como están y no hacer olas ha proporcionado dinero y poder a muchas personas.
Pero “la verdad os hará Libres” no se pensó como consejo práctico. Detrás de las palabras hay una intención espiritual que dice, en esencia: “Tú no puedes liberarte, pero la verdad sí” En otras palabras, la verdad tiene el poder de hacer a un lado lo falso, y con ello, puede liberarnos. El propósito del ego es mantenerse en marcha. Sin embargo, en los momentos cruciales, la verdad nos habla; nos dice cómo son las cosas en realidad, no todo el tiempo ni para todas las personas, sino en este momento y sólo para nosotros. Debes honrar este impulso si quieres ser libre. Cuando pienso en cómo es un destello de verdad, se me ocurren algunos ejemplos:

q  Saber que no puedes ser lo que otro quiere que seas, sin importar cuánto lo ames.
q  Saber que amas aun cuando da miedo decirlo.
q  Saber que la lucha de otra persona no es tu lucha.
q  Saber que eres mejor de lo que pareces ser.
q  Saber que sobrevivirás.
q  Saber que tienes que seguir tu propio camino.
Cada oración comienza con la palabra saber porque el testigo silencioso es ese nivel en que te conoces, sin importar lo que otros crean que saben. Decir tu verdad no es lo mismo que vociferar todas las cosas desagradables que no has dicho por miedo o cortesía. Estos arrebatos tienen siempre presión y tensión detrás de ellos, están fundados en la frustración, cargan ira y dolor. El tipo de verdad que proviene de aquel que sabe es serena; no se refiere al comportamiento de alguien más; nos da claridad sobre quiénes somos. Valora estos destellos. No puedes hacer que aparezcan pero puedes fomentarlos siendo auténtico y no permitiéndote ser un personaje creado sólo para sentirte seguro y aceptado.
Haz del centro tu hogar. Estar centrado se considera deseable. Cuando las personas se sienten distraídas o dispersas, suelen decir: “Perdí mi centro”. Pero si no hay una persona dentro de tu cabeza, si el sentido que el ego tiene del yo es ilusorio, ¿dónde está el centro?
Paradójicamente, el centro está en todas partes. Es el espacio abierto que no tiene fronteras. En vez de pensar en tu centro como un lugar definido (del modo en que las personas señalan su corazón como el asiento del alma) permanece en el centro de la experiencia. La experiencia no es un lugar; es un foco de atención. Puedes vivir ahí, en el punto fijo alrededor del cual todo gira. Estar descentrado es perder concentración, apartar la mirada de la experiencia o bloquearla. Estar centrado es como decir: “Quiero encontrar mi hogar en la creación”. Te relajas y adoptas el ritmo de tu propia vida, lo cual prepara el escenario para encontrarte a ti mismo en el nivel más profundo. No puedes llamar al testigo silencioso pero puedes acercarte a él rehusándote a perderte en tu propia creación. Cuando me descubro eclipsado por algo, recurro a unos sencillos pasos:
Me digo: “Aunque esta situación me perturba, yo soy más que cualquier situación”.
Respiro profundamente y centro mi atención en lo que mi cuerpo está sintiendo.
Me veo como lo haría otra persona (de preferencia la persona a la que me estoy resistiendo o frente a la que estoy reaccionando).
Tomo conciencia de que mis emociones no son guías confiables hacia lo permanente y lo real. Son reacciones momentáneas, y lo más probable es que hayan nacido del hábito.
Si estoy al borde de un arranque de reacciones incontrolables, me alejo.


Como ves, no intento sentirme mejor, ser más positivo, acercarme desde el amor o cambiar mi estado. Todos estamos enmarcados por personalidades e impulsados por egos.
Las personalidades del ego están entrenadas por el hábito y el pasado; avanzan como motores autopropulsados. Si puedes observar el mecanismo en marcha sin quedar atrapado en él, descubrirás que posees una segunda perspectiva siempre serena, alerta, objetiva, sintonizada pero no eclipsada. Ese segundo lugar es tu centro. No es un lugar sino un encuentro cercano con el testigo silencioso.


CAMBIA TU REALIDAD PARA ALBERGAR
EL CUARTO SECRETO


Este cuarto secreto se refiere a encontrar tu auténtico yo. Las palabras pueden decir mucho sobre el yo real, pero es necesario un encuentro auténtico para comprender qué es. Tu yo real tiene cualidades que ya estás experimentando todos los días: inteligencia, atención, sincronización, conocimiento.
Siempre que una de estas cualidades entra en juego, estás viviendo más cerca de tu yo real. Por otra parte, cuando te sientes distraído, perdido, confundido, temeroso, disperso o atrapado dentro de los límites del ego, no lo estás.
La experiencia oscila entre estos dos polos; por tanto, una manera de encontrar tu yo real es alejarte del polo opuesto cuando notes que estás ahí. Intenta descubrirte en esos momentos y aléjate de ahí. Elige una experiencia negativa e intensa como las siguientes (si es posible, elige una recurrente):
Enojarte mientras conduces.
Discutir con tu cónyuge.
Molestarte con la autoridad en el trabajo.
Perder el control con tus hijos.
Sentirte burlado en un acuerdo o transacción.
Sentirte traicionado por un amigo cercano.

Distánciate de la situación y revive lo que sentiste entonces. Puedes cerrar los ojos y visualizar el auto que se te atraviesa en el tránsito o al plomero que te pasa una cuenta desproporcionada. Haz lo necesario para que la situación sea vivida en tu mente.
Cuando sientas esa punzada de ira, dolor, recelo, desconfianza o traición, piensa: “Eso es lo que siente mi ego. Entiendo por qué. Estoy muy acostumbrado a ello. Le seguiré la corriente mientras dure”. Ahora deja que el sentimiento corra. Enójate todo lo que tu ego quiera; visualiza fantasías de venganza o autocompasión, o lo que tu ego considere apropiado. Imagina que te hinchas con tu sentimiento; éste se extiende desde ti como la onda de choque de una explosión en cámara lenta.
Sigue esta onda tan lejos como quiera ir; mírala cómo se adelgaza más y más conforme se extiende al infinito, llenando el universo entero si así lo desea. Respira profundamente si lo necesitas, con el Fin de que la onda del sentimiento salga de ti y vaya hacia fuera. No establezcas un tiempo determinado. El sentimiento puede ser tan fuerte que requiera algún tiempo antes de querer expandirse.
Ahora, conforme ves la onda desaparecer hacia el infinito, mírate y verifica si está presente alguno de los siguientes pensamientos:
Una risita, el deseo de reírte de ello.
Un encogimiento de hombros, como si no importara.
Una sensación de calma o paz.
Verte como si estuvieras viendo a otra persona.
Un profundo suspiro de alivio o agotamiento.
Un sentimiento de liberar o dejar ir.
Una comprensión súbita de que la otra persona puede tener razón.

Estos sentimientos reveladores surgen en nosotros cuando estamos cruzando la frontera invisible entre el ego y el yo real. Si sigues cualquier emoción lo suficiente, ésta terminará en silencio. Pero es demasiado pedir llegar tan lejos siempre. El objetivo es llegar por lo menos a la frontera, la línea donde las necesidades del ego empiezan a perder su control sobre nosotros.
Cuando ríes, pierdes la necesidad de tomarte tan en serio.
Cuando encoges los hombros, pierdes la necesidad de inflar las cosas desproporcionadamente.
Cuando te sientes calmado, pierdes la necesidad de sentirte perturbado o montar un drama.
Cuando puedes verte como si fueras otra persona, pierdes la necesidad de ser el único que cuenta.
Cuando sientes alivio o agotamiento, pierdes la necesidad de aferrarte al estrés. (Esto también indica una reconexión con tu cuerpo en vez de vivir en tu cabeza.)
Cuando comprendes súbitamente que la otra persona puede tener razón, pierdes la necesidad de juzgar.

Hay otras señales reveladoras de que estás dejando el ego atrás. Si caes en el patrón de sentirte fácilmente ofendido, superior o inferior, querer lo que viene a ti y envidiar lo que otros obtienen, o imaginar que las personas hablan a tus espaldas, puedes manejar cada uno de estos sentimientos tal como lo hiciste en los ejemplos previos. Alivia el sentimiento, permite a tu ego llevarlo tan lejos como quiera, y mira cómo se expande hasta disolverse en la orilla del infinito.
Este ejercicio no disipa todos los sentimientos negativos.
Su propósito es proporcionarte un encuentro cercano con tu yo real. Si lo practicas con esa intención, te sorprenderá cuan fácil será escapar de las emociones que te han controlado durante años.

Secreto 5
La causa del sufrimiento
es la irrealidad

La razón más común de que las personas se acerquen a la espiritualidad es hacer frente al sufrimiento. No por accidente, sino porque todas las religiones prometen aliviar el dolor: la fe trasciende las penalidades de la carne y el alma es un refugio para el corazón afligido. No obstante, cuando se acercan a Dios, la fe o el alma, muchas personas no encuentran alivio, o sólo el que podría resultar de hablar con un terapeuta. ¿Hay algún poder especial que únicamente se encuentre en la espiritualidad? Para quienes se acercan a ella, la terapia funciona, y las formas más comunes de sufrimiento, ansiedad y depresión responden en el corto plazo a los medicamentos. Cuando la depresión se disipa, ¿hay alguna razón para acercarse al espíritu?
Para responder a estas preguntas debemos comprender, en primer lugar, que dolor no es lo mismo que sufrimiento.
En sí mismo, el cuerpo descarga el dolor espontáneamente, liberándolo cuando se alivia la causa subyacente. El sufrimiento es dolor al que nos aferramos. Proviene del misterioso instinto de la mente de creer que el dolor es bueno, no puede rehuirse o la persona lo merece. Sin todo esto, el sufrimiento no existiría. Hace falta un esfuerzo de la mente para crear sufrimiento, una mezcla de creencia y percepción que la persona supone no controla. Pero aunque el sufrimiento parezca inexorable, lo que nos  libera no es atacar al sufrimiento mismo, sino determinar la irrealidad que nos hace aferramos al dolor.
La causa secreta del sufrimiento es la irrealidad misma.
Hace poco vi una prueba dramática de esto en una situación ordinaria. Por casualidad vi uno de esos programas televisivos en que personas nacidas con deformidades físicas reciben un tratamiento gratuito en el que se utilizan todas las capacidades de la cirugía plástica, la odontología y el arte del esteticista.
q  En ese episodio particular, quienes buscaban desesperadamente tratamientos eran gemelas idénticas. Sólo una de ellas quería cambiar su apariencia; la otra no. De adultas, las gemelas ya no eran exactamente iguales. La “fea” de cada pareja se había fracturado la nariz, lastimado los dientes o ganado peso. Lo que me pareció dramático fue cómo estos defectos menores eran comparados con la creencia, compartida por ambas gemelas, de que una era muy hermosa y la otra inquietantemente fea. Las “feas” admitían que no pasaba un día sin que se compararan con sus “hermosas” hermanas. En este programa de televisión podían contemplarse todos los pasos que conducen al sufrimiento:
q  Pasar por alto los hechos.
q  Adoptar una percepción negativa.
q  Reforzar esa percepción mediante el pensamiento obsesivo.
q  Perderse en el dolor sin buscar una salida.
q  Compararse con los demás.
q  Consolidar el sufrimiento mediante relaciones.
Una guía para sufrir incluiría todos estos pasos, que acumulan una sensación de irrealidad que parece totalmente real. Y en consecuencia, las instrucciones para poner fin al sufrimiento invertirían estos pasos y devolverían a la persona a la realidad.
Pasar por alto los hechos.
El principio del sufrimiento es frecuentemente la negativa a ver la situación como es. Hace muchos años, algunos investigadores realizaron un estudio sobre la manera en que las personas hacen frente a las crisis inesperadas. El estudio fue patrocinado por terapeutas que deseaban saber dónde buscan ayuda las personas que están en problemas. Cuando ocurre lo peor (alguien pierde su empleo, es abandonado por su cónyuge, se le diagnostica cáncer) aproximadamente quince por ciento busca alguna clase de ayuda con un consejero, terapeuta o pastor. El resto ve la televisión. Se niegan incluso a mirar el problema o comentarlo con alguien que pudiera ayudar.
A los terapeutas que patrocinaban el estudio les horrorizaba esta negativa, pero no podían evitar preguntarse: “¿No es una reacción natural ver la televisión?” Las personas procuran instintivamente sofocar el dolor con el placer. Buda enfrentó la misma situación hace muchos siglos. En su época, las personas también trataban de suprimir el dolor porque los monzones no llegaban y todos sus cultivos se perdían, o la familia moría por una epidemia de cólera. Sin televisión debían encontrar otros medios de escape, pero la premisa era la misma: el placer es mejor que el dolor; por tanto, debe ser la respuesta al sufrimiento. La sustitución del dolor con el placer es eficaz en el corto plazo. Ambos son sensaciones, y si una tiene la intensidad suficiente puede anular a la otra. Pero Buda no predicaba que la vida es dolorosa a causa del dolor; es dolorosa porque la causa del sufrimiento no ha sido analizada. Imagina a una persona que está sentada junto a una piscina en Miami Beach.
Está mirando su serie favorita de televisión y comiendo chocolate, pero alguien le está haciendo cosquillas con una pluma. Tal vez la persona no sienta mucho dolor pero sí podría estar sufriendo profundamente. La única manera de evitarlo de manera duradera es confrontar la fuente del sufrimiento, siendo el primer paso la disposición de ver qué está ocurriendo realmente.
Percepciones negativas.
La realidad es percepción, y la persona que sufre queda atrapada por percepciones negativas de su propia creación. La percepción mantiene el dolor bajo control no reduciéndolo sino produciendo aún más dolor. Este giro es el que la mayoría de las personas encuentra difícil de comprender. El cuerpo descarga el dolor automáticamente pero la mente puede hacer caso omiso de ese instinto y convertir al dolor en algo “bueno”, con el argumento de que es mejor que otras posibilidades aún peores.
La confusión y el conflicto internos son la razón por la cual a la mente se le dificulta tanto curarse pese a todo el poder que tiene. El poder se ha vuelto contra sí mismo y, en consecuencia, la percepción —que podría terminar con el sufrimiento al instante—, cierra la puerta.
Reforzar una percepción.
Las percepciones son fluidas, a menos que las fijemos en un lugar. El yo es como un sistema en cambio constante que incorpora lo nuevo en lo viejo a cada momento. Sin embargo, sí te obsesionas constantemente con viejas percepciones, éstas se refuerzan con cada repetición.
Analicemos un ejemplo. Anorexia nervosa es el término médico dado a un padecimiento en que la persona, por lo general una muchacha de menos de veinte años, adopta el hambre como forma de vida.
Si entrevistáramos a una adolescente anoréxica que pesa menos de 40 kilogramos y le mostráramos fotografías de cuatro cuerpos, desde lo más delgado a lo más obeso, ella diría que su cuerpo se asemeja al obeso, pese a que en realidad su constitución es esquelética. Si llegáramos al extremo de superponer su rostro en las cuatro fotografías, una anoréxica seguiría considerando al cuerpo más obeso como el suyo. Esta imagen corporal distorsionada desconcierta totalmente a los demás. Resulta extraño mirar en el espejo un esqueleto y ver en su lugar una persona obesa (así como resulta extraño que gemelos idénticos crean que uno es extremadamente feo y el otro hermoso).
En estos casos, la percepción se ha distorsionado por razones ocultas relacionadas con la emoción y la personalidad.
Si a una anoréxica se le muestran fotografías de cuatro gatos, puede distinguir fácilmente cuál es el más obeso. La distorsión viene de un nivel más profundo, donde el yo determina qué es real respecto de uno mismo. Es un círculo vicioso: una vez que el yo determina algo sobre sí mismo, todo en el mundo exterior debe ajustarse a esa decisión. En la mente de la anoréxica, la vergüenza es esencial para lo que ella es, y el mundo no tiene otra opción que devolverle su imagen vergonzosa. Matarse de hambre es la única manera que se le ocurre para hacer que esa chica obesa del espejo desaparezca. Lo que nos lleva a una regla general: la realidad es aquello con lo que te identificas.
Cuando la vida nos resulta dolorosa es porque nos hemos encerrado en algún tipo de identificación errónea, contándonos historias privadas e incuestionables sobre quiénes somos. La cura de la anorexía es marcar de alguna manera la diferencia entre “yo” y esta identificación poderosa y secreta.
Lo mismo vale para todo tipo de sufrimiento, porque cada persona se identifica arbitrariamente con una cosa u otra, las cuales le cuentan una historia inexacta de quién es. Aunque fuéramos capaces de rodearnos de placer a cada minuto del día, la historia equivocada de quiénes somos terminaría trayendo un profundo sufrimiento.
Perderse en el dolor. Las personas tienen umbrales de dolor notablemente distintos. Los investigadores han sometido a sujetos a estímulos iguales, como choques eléctricos en el dorso de la mano, y les han pedido que califiquen la incomodidad sentida en una escala del uno al diez. Durante mucho tiempo se pensó que como el dolor se percibe mediante caminos neurales idénticos, las personas debían percibir las señales de dolor de manera más o menos similar (así como, por ejemplo, casi todos serían capaces de ver la diferencia entre la luz normal y la luz alta de unos faros). Sin embargo, el dolor que algunos pacientes percibieron como diez, a otros les pareció uno. Esto indica no sólo que el dolor tiene un componente subjetivo sino también que la manera en que evaluamos el dolor es completamente individual. No hay un camino universal entre estímulos y respuesta. Una persona puede sentirse profundamente traumatizada por una experiencia que apenas resulta significativa para otra.
Lo extraño acerca de este resultado es que ninguno de los sujetos pensaba que estaba creando una respuesta. Si ponemos accidentalmente la mano sobre una estufa caliente, nuestro cuerpo reacciona instantáneamente. Pero en ese instante el cerebro está evaluando el dolor y dándole la intensidad que percibimos como objetivamente real. Y al no renunciar a su control sobre él, las personas se pierden en el dolor. “¿Qué puedo hacer? MÍ madre murió y estoy desolada. No puedo ni salir de la cama en las mañanas”. En esta declaración parece haber un vínculo directo entre causa (la muerte de un ser querido) y efecto (depresión). De hecho, el sendero entre causa y efecto no es una línea recta; la totalidad de la persona entra en juego, con gran cantidad de factores del pasado. Es como si el dolor entrara en una caja negra antes de que lo sintiéramos, y en esa caja el dolor fuera emparejado con todo lo que somos: nuestra historia completa de emociones, recuerdos, creencias y expectativas. Si eres consciente de ti mismo, la caja negra no está sellada ni oculta. Tú sabes que puedes influir en lo que ocurre dentro de ella. Pero cuando sufrimos, nos maltratamos a nosotros mismos. ¿Por qué el dolor es diez en vez de uno? Simplemente porque es; por eso. El sufrimiento persiste sólo en la medida en que permanecemos extraviados en nuestra propia creación.
Compararse con los demás.
El ego quiere ser el número uno. Por tanto, no tiene más opción que permanecer atrapado en el Juego eterno de compararse con los demás. Como todos los hábitos arraigados, éste es difícil de romper.
Un amigo mío supo hace poco que una mujer a la que conocía había muerto en un accidente automovilístico. Él no la conocía bien, pero sí a todos los amigos de ella. Unas horas después de su muerte, una nube de pesar se cernió sobre ellos.    
La mujer era muy querida y había realizado muchas buenas obras; era Joven y estaba llena de optimismo. Por estas razones, las personas se apesadumbraban aún más, y mi amigo, quedó atrapado en ello. “Me vi saliendo de mi auto y siendo arrollado por un conductor de los que atropellan y huyen, como le pasó a ella. Seguía pensando que debía hacer algo más que enviar flores y una tarjeta. Coincidió que la semana del funeral salí de vacaciones, y mi incapaz de divertirme sólo de pensar en la impresión y el dolor de morir así.”
En medio de estas reacciones, mi amigo comprendió súbitamente algo: “Me sentía cada vez más triste hasta que de repente entendí: ‘Ésa no es mi vida. Ella no es yo’. Ese pensamiento me pareció muy extraño. Quiero decir: ¿no es bueno ser compasivo? ¿No debería compartir la pena que sentían todos mis amigos?” En ese momento dejó de compararse con los demás, algo nada sencillo porque todos adquirimos identidad a partir de padres, amigos y cónyuges. Una comunidad entera ha adoptado una residencia fragmentaria en nosotros, compuesta de porciones de otras personalidades.
Nuestro estilo de sufrimiento lo hemos aprendido de los demás. En la medida en que te sientas estoico o débil, bajo control o víctima, desesperado o esperanzado, te estás adhiriendo a reacciones establecidas por alguien más. Desviarnos de sus pautas nos parece extraño, amenazador incluso.
En el caso de mí amigo, rompió una pauta de sufrimiento; cuando se dio cuenta de que era de segunda mano. Anteriormente, quería sentir lo que creía apropiado y lo que le parecía que esperaban de él. Quería adaptarse a la manera en que los demás veían la situación. Mientras te compares con los demás, tu sufrimiento persistirá como una manera de adaptarte.
Consolidar el sufrimiento mediante relaciones.

El dolor es una experiencia universal; por tanto, está presente en todas las relaciones. Nadie sufre solo, y aunque hicieras todo lo posible por sufrir en silencio, tendrías un efecto en quienes te rodean. La razón por la cual a las personas les resulta tan difícil participar en una relación sanadora es que la vida en nuestra familia de origen requería frecuentemente una buena cantidad de inconsciencia. Pasamos por alto lo que no queremos ver; guardamos silencio sobre cosas de las que es demasiado difícil hablar; respetamos límites aun cuando éstos resultan limitantes. En resumen, la familia es donde aprendemos a negar el dolor. Y el dolor negado es otro nombre para el sufrimiento.
Si se les diera a escoger, la mayoría de las personas preferirían mantener sus relaciones a dejar de sufrir. Esto se comprueba en familias abusivas en que las víctimas no se defienden ni se van. (Algunos estados han aprobado leyes que obligan a la policía a arrestar a abusadores domésticos, pese a las protestas de los cónyuges a quienes golpean y torturan. Sin estas leyes, la víctima se pone del lado del abusador más de la mitad de las veces.) Una relación sanadora se basa en la conciencia; en ella, ambos compañeros trabajan para romper viejos hábitos que promueven el sufrimiento.
Se trata de una situación delicada, como la de mi amigo, porque compasión significa que aprecias el sufrimiento que otro está experimentando, además del tuyo. Pero al mismo tiempo debe haber distanciamiento, asegurarse de que ese sufrimiento, sin importar cuan real sea, no es la realidad dominante. Las actitudes que contribuyen a una relación sanadora se vuelven parte de una visión que mantienes para ti y para la otra persona.

Una visión sin sufrimiento
Cómo relacionarse
con una persona que sufre

Te acompaño en tu sentimiento. Sé por lo que estás pasando.
No tienes que sentirte de determinada manera sólo para hacerme feliz.
Te ayudaré a superar esto.
No debes temer que me estás alejando.
No espero que seas perfecto. No me estás decepcionando.
El dolor que sufres no es tu yo real.
Puedes tener el espacio que necesitas, pero no te dejaré solo.
Seré contigo tan auténtico como pueda.
No tendré miedo de ti, aunque tengas miedo de tu dolor.
Haré todo lo que pueda para mostrarte que la vida sigue siendo buena y la felicidad aún es posible.
No puedo hacerme responsable de tu dolor.
No te dejaré aferrarte a tu dolor estamos aquí para superar esto.
Tomaré tu recuperación tan seriamente como mi propio bienestar.
Como puedes ver, estas actitudes presentan algunos escollos sutiles. Cuando te relaciones con alguien que está sufriendo debes ofrecerte y, al mismo tiempo, mantenerte dentro de ciertos límites. “Siento tu dolor, pero no es mío” es una postura difícil. Puede inclinarse hacía cualquier lado.
Puedes involucrarte tanto en el dolor hasta el punto en que lo fomentes, o puedes ocultarte detrás de tus propios límites y dejar fuera a la persona que está sufriendo. Una relación sanadora mantiene un equilibrio adecuado. Ambos deben conservarse alerta y atentos; mantener la mirada en la visión espiritual que está delante; estar dispuestos a tener respuestas nuevas cada día. Sobre todo, comparten un camino que conduce, paso a paso, fuera de la irrealidad.
El objetivo último, si en verdad quieres ser real, es experimentar la existencia en sí. “Yo soy” es esa experiencia. Es al mismo tiempo común y rara, porque todo mundo sabe cómo ser, pero pocos extraen toda la promesa de su propio ser. El “yo soy se pierde cuando empiezas a identificarte con el “yo hago esto, yo tengo aquello, me gusta A pero no B”. Estas identificaciones se vuelven más importantes que la realidad de tu ser puro.
Profundicemos en el vínculo entre sufrimiento e irrealidad. La manera en que olvidamos la paz y claridad del “yo soy” puede dividirse en cinco aspectos. En sánscrito se les conoce como los cinco kleshas, causa fundamental de todas las formas de sufrimiento.
1. No saber qué es real.
2. Aferrarse a lo irreal.
3. Temer lo irreal y rehuirle.
4. Identificarse con un yo imaginario.
5. Temer la muerte.

En este instante, tú y yo estamos haciendo alguna de estas cinco cosas, aunque empezamos hace tanto tiempo que hemos asimilado el proceso por completo. Los cinco kleshas están ordenados en cascada. Una vez que olvidamos qué es real (primer klesha), los demás ocurren automáticamente.
Esto significa que para la mayoría de las personas, sólo la última —temer la muerte— es una experiencia consciente; por tanto, debemos partir de ahí y avanzar hacia arriba.
El temor a la muerte es una fuente de ansiedad que se extiende a muchas áreas. La manera en que nuestra sociedad glorifica la juventud y teme el envejecimiento, nuestra necesidad desesperada de distracción, la venta de cosméticos y tratamientos de belleza, el auge de gimnasios tapizados con espejos de cuerpo entero y la manía por las celebridades, son síntomas del deseo de negar la muerte. La teología intenta convencernos de que hay vida después de la muerte, pero como esa idea debe sustentarse en la fe, la religión obtiene obediencia blandiendo sobre nuestras cabezas la vida después de la muerte. Si carecemos de fe, adoramos al dios equivocado o pecamos contra el correcto, nuestras posibilidades de ser recompensados después de morir se desvanecen. Los conflictos religiosos siguen suscitándose a causa de este asunto que provoca tanta ansiedad: los fanáticos preferirían morir por la fe que vivir aceptando que la fe de otro tiene derecho de existir. “Muero para que no puedas creer en tu Dios” es el legado más corrupto del quinto klesha.
Las personas no temen la muerte por ella misma sino por una razón más profunda: la necesidad de defender un yo imaginario. Identificarse con un yo imaginario es el cuarto klesha, y es algo que todos hacemos. Aun en un nivel superficial, las personas erigen una imagen fundamentada en el ingreso económico y el estatus. Cuando Francisco de Asís, el hijo de un acaudalado comerciante de seda, se despojó de sus ricas vestiduras y renunció al dinero de su padre, no sólo estaba privándose de sus posesiones terrenales sino de su identidad, aquello por lo cual la gente sabía quién era. Según su conciencia, era imposible acercarse a Dios por medio de una imagen falsa de sí.
La imagen propia está muy relacionada con la autoestima, y todos sabemos el alto costo que paga una persona cuando la pierde. Los niños que en la escuela primaria se sentaban en la última hilera y evitaban la mirada del profesor, rara vez llegan a discutir política externa o arte medieval porque muy temprano integraron en su imagen una impresión de ineptitud. Por el contrario, los estudios han demostrado que si a un maestro se le dice que un alumno es excepcionalmente brillante, ese alumno se desempeñará mejor en clase aun cuando su selección haya sido aleatoria. Los niños con bajo ci pueden alcanzar mejores resultados que aquellos con alto ci si tienen la suficiente aprobación por parte de sus maestros. La imagen establecida en la mente del maestro es suficiente para convertirá un alumno mediocre en uno destacado.
La identificación con una imagen falsa de nosotros también provoca sufrimiento de otras maneras. La vida nunca deja de exigir más y más; las exigencias a nuestro tiempo, paciencia, capacidad y emociones pueden ser tan abrumadoras que admitir nuestra incapacidad parece ser lo más honesto. En la imagen equivocada de una persona está enterrada la terrible historia de todo lo que le ha salido mal. Los “No lo haré”, “No puedo hacerlo” y “Me doy por vencido” emanan del cuarto klesha.
El tercer klesha nos dice que aun con una imagen saludable de nosotros, rehuimos las cosas que amenazan nuestros egos. Estas amenazas están en todas partes. Yo temo la pobreza, perder a mi esposa, infringir la ley; temo hacer el ridículo ante alguien cuyo respeto quiero conservar. Para algunas personas, la idea de que sus hijos sigan un mal camino es una grave amenaza para la imagen que tienen de sí mismos.
La frase “En esta familia no hacemos eso”, normalmente significa: “Tu comportamiento es una amenaza para lo que soy”.
Sin embargo no nos damos cuenta de que hablamos en clave. Una vez que nos identificamos con una imagen, por instinto tememos que se derrumbe. La necesidad de protegerme de lo que temo es parte de lo que soy.
El segundo klesha dice que las personas sufren porque se aferran, no importa a qué. Aferrarse a algo es una manera de mostrar que tememos que nos lo quiten. Las personas se sienten violadas cuando un carterista huye con su bolsa, por ejemplo, o si al volver a casa descubren que alguien ha irrumpido en ella. En estas intromisiones, lo importante no son los artículos robados; las bolsas y los enseres domésticos pueden reemplazarse. Sin embargo, la sensación de daño personal suele persistir durante meses y años. Si jala el gatillo preciso, el simple robo de una bolsa puede hacernos perder todo sentido de seguridad personal. Dejamos de sentirnos invencibles. Alguien nos ha despojado de la ilusión de que somos intocables. (El paroxismo producido en todo Estados Unidos por los ataques terroristas al Worid Trade Center mantiene vivo el drama de “nosotros” contra “ellos”, a gran escala. La idea de la invulnerabilidad estadounidense fue revelada como una ilusión. No obstante, no se trataba de un problema nacional; era un problema individual percibido a gran escala.)
El sufrimiento tiene muchos matices y recovecos. La pista nos lleva del miedo a la muerte a un falso sentido del yo y a la necesidad de aferrarse. No obstante, en última instancia, la irrealidad es la única causa de todo el sufrimiento. El problema nunca fue el dolor. De hecho, es todo lo contrario: el dolor existe para que esa ilusión no pueda sostenerse. Si la irrealidad no fuera dolorosa, parecería real siempre.
Los cinco kleshas pueden solucionarse de una vez por todas si abrazamos la realidad única. La diferencia entre “yo soy mi sufrimiento” y “yo soy” es pequeña pero crucial. Este malentendido ha generado mucho sufrimiento. Si pienso que nací, no puedo evitar la amenaza de morir; si pienso que existen fuerzas externas, debo aceptar que pueden hacerme daño; si pienso que soy una persona, veo otras personas por todas partes. Todas estas impresiones son elucubraciones, no hechos. Las impresiones que creamos cobran vida propia mientras no las cambiemos.
Sólo se necesita un parpadeo de la conciencia para perder contacto con la realidad. En verdad no existe nada fuera del ser. Tan pronto como empezamos a aceptar este hecho, todo el propósito de la vida cambia. El único objetivo que vale la pena alcanzar es la libertad absoluta de ser uno mismo, sin ilusiones y creencias falsas.

El quinto secreto trata de cómo detener el sufrimiento. Hay un estado de ausencia de sufrimiento dentro de ti; es conciencia simple y abierta. En contraste, el estado de sufrimiento es complicado porque en sus intentos de luchar contra el dolor, el ego se rehúsa a ver que la respuesta podría ser tan sencilla como simplemente aprender a ser. Cualquier paso que des para dejar de aferrarte a complicaciones, te acercará al estado simple de la sanación. Las complicaciones se presentan como pensamientos, sentimientos, creencias y energías sutiles, manifestaciones de deudas emocionales ocultas y de resistencia.
Para este ejercicio, utiliza cualquier cosa de tu vida que te produzca una profunda sensación de incomodidad, malestar o sufrimiento. Puedes elegir algo que haya persistido durante años o que sea muy importante en tu vida en este momento. No importa si hay algún elemento físico, aunque si eliges un padecimiento físico crónico, no consideres este ejercicio una cura; estamos tratando con las pautas de percepción que te orillan a aferrarte al sufrimiento.
Durante el siguiente mes, siéntate a solas durante al menos cinco, minutos al día con la intención de despejar las siguientes complicaciones:
Desorden.
El caos es complicado; el orden es simple. ¿Tu casa es un desastre? ¿Tu escritorio tiene pilas y pilas de trabajo?
¿Estás permitiendo que otros ensucien y desordenen porque saben que no los responsabilizarás de ello? ¿Has acumulado tanta basura que tu entorno es como un registro arqueológico de tu pasado?
Estrés.
Todo mundo se siente estresado, pero si no puedes desechar completamente tu estrés por las noches y regresar a un estado interno tranquilo, centrado y agradable, estás sobre-estresado. Analiza cuidadosamente las cosas que te producen tensión. ¿El camino a tu trabajo es estresante? ¿Te levantas demasiado temprano sin haber dormido suficiente? ¿Ignoras las señales de agotamiento? ¿Tu cuerpo está estresado debido al sobrepeso o a una falta total de condición? Haz una lista de las cosas que te provocan más estrés y trabaja para reducirlas hasta que sepas sin lugar a dudas que no estas sobre-estresado.
Sufrimiento empático.

Infectarse con los padecimientos de otros provoca sufrimiento. Habrás cruzado la línea de la empatia al sufrimiento si te sientes peor luego de ser compasivo con alguien. Si honestamente no puedes presenciar situaciones negativas sin asumir un dolor que no es tuyo, sal de ahí. Perder de vista tus límites no te convierte en una “buena persona”.

Negatividad.
El bienestar es un estado simple al que cuerpo y mente regresan de manera natural. La negatividad impide este regreso haciéndonos habitar en el malestar. ¿Chismorreas con placer sobre las desgracias de los demás? ¿Pasas tiempo con personas que se quejan y critican constantemente? ¿Ves todos los desastres y catástrofes que ofrecen los noticiarios de televisión? No tienes obligación de tomar parte en estas fuentes de negatividad; aléjate y presta atención a algo más positivo.

Inercia.
 Inercia significa dejarse llevar por viejos hábitos y condicionamientos. Sean cuales sean las causas de depresión, ansiedad, trauma, inseguridad o pesar, dichos estados perduran si adoptas una actitud pasiva. “Las cosas son así” es el lema de la inercia. Toma conciencia de que “no hacer nada” es, de hecho, la manera en que te has entrenado para dejar las cosas como están. ¿Te sientas y te abandonas al sufrimiento? ¿Rechazas consejos que podrían ayudarte, antes de considerarlos? ¿Sabes cuál es la diferencia entre aferrarse y airear genuinamente tus sentimientos con intención de sanarlos?
Examina la rutina de tu sufrimiento y libérate de ella.
Relaciones tóxicas.
Sólo hay tres clases de personas en tu vida: las que te dejan solo, las que te ayudan y las que te lastiman. Las personas que te dejan solo consideran tu sufrimiento una molestia o inconveniencia; prefieren mantener su distancia para sentirse mejor. Quienes te ayudan tienen la fuerza y la conciencia necesarias para hacer con tu sufrimiento más de lo que tú puedes hacer solo. Quienes te lastiman quieren que la situación siga igual porque no les interesa tu bienestar. Analiza honestamente cuántas personas de cada categoría hay en tu vida. Esto no es lo mismo que contar amigos y familiares cariñosos. Valora a los demás únicamente según se relacionan con tus dificultades.
Luego de realizar un conteo realista, toma la siguiente actitud:
No volveré a contar mis problemas a quien prefiere dejarme solo. No es bueno para ellos ni para mí. No quieren ayudar, así que no les pediré que lo hagan.

Compartiré mis problemas con quienes quieren ayudarme. No rechazaré ofertas sinceras de ayuda por orgullo, inseguridad o duda. Pediré a estas personas que se unan a mí en mi sanación y haré de ellas una parte mayor de mi vida.

Pondré distancia entre mí y quienes buscan lastimarme.

No tengo que confrontarlos, hacerlos sentir culpables ni convertirlos en causa de mi autocompasión. Pero no me permitiré absorber su efecto tóxico, y si eso implica mantener mi distancia, lo haré.

Creencias.
Examina los motivos posibles por los que quieres sufrir. ¿Rechazas que hay algo mal? ¿Crees que no mostrar tu sufrimiento te hace una mejor persona? ¿Disfrutas la atención que recibes cuando estás enfermo o afligido? ¿Te sientes seguro estando solo y sin tomar decisiones difíciles?
Los sistemas de creencias son complejos: mantienen el yo que queremos presentar al mundo. Es mucho más sencillo no tener creencias, lo que significa estar abierto a la vida tal como se cruce por tu camino, avanzando con tu inteligencia interna en vez de con juicios almacenados. Si estás bloqueado por tu sufrimiento y vuelves a los mismos viejos pensamientos una y otra vez, un sistema de creencias te ha atrapado.
Sólo terminando con tu necesidad de aferrarte a estas creencias puedes escapar de la trampa.

Energía y sensaciones.
Confiamos en nuestros cuerpos para que nos digan cuándo estamos sufriendo dolor; y el cuerpo, como la mente, sigue pautas familiares. Los hipocondríacos, por ejemplo, consideran la primera señal de malestar como un mensaje claro de que están gravemente enfermos. En tu caso, también estás considerando sensaciones familiares y utilizándolas para confirmar tu sufrimiento.
Muchas personas deprimidas, por ejemplo, interpretan el agotamiento como depresión. Como no han dormido bien o han trabajado de más, interpretan la fatiga como síntoma de depresión. La manera de manejar estas sensaciones es despojarlas de la interpretación. En vez de estar triste, considera esto como la energía de la tristeza. Como el cansancio, la tristeza tiene un componente corporal que puede descargarse.
En vez de ser una persona ansiosa, maneja la energía de la ansiedad.
Todas las energías se descargan del mismo modo:
Respira profundamente, permanece sentado en silencio, y percibe la sensación en tu cuerpo.

Percibe la sensación sin juzgarla. Sólo retenla.

Permite a los sentimientos, pensamientos o energías que quieran surgir, que lo hagan. Esto por lo general significa escuchar la voz de la ansiedad, la ira, el temor o el dolor de haber sido lastimados. Permite que las voces digan lo que quieran decir. Escucha y comprende qué está ocurriendo.

Deja que la energía se disperse todo lo que pueda. No exijas una descarga completa. Piensa que tu cuerpo soltará la energía acumulada que pueda.

Luego de unas horas, o al día siguiente, repite todo el procedimiento.

Éste parece un régimen muy estricto, pero lo único que se te pide es que dediques cinco minutos al día a cualquiera de estas áreas. Los pasos pequeños producen grandes resultados. La conciencia simple es la normal en la naturaleza; el sufrimiento y las complicaciones que lo mantienen en marcha no son naturales, y mantener toda esa complejidad es un gasto inútil de energía. Al esforzarte todos los días por alcanzar un estado más simple, estás haciendo lo mejor que alguien puede hacer para terminar con el sufrimiento: arrancar las raíces de la irrealidad.

Secreto 5
La libertad doma la mente

¿Amas a tu mente? No he conocido a nadie que lo haga. Las personas con cuerpos o rostros hermosos suelen amar el don que recibieron de la naturaleza (aunque también puede ocurrir lo contrario: las personas más hermosas físicamente pueden aislarse por inseguridad o temor de ser considerados vanidosos). La mente es la parte de nosotros más difícil de amar porque nos sentimos atrapados en ella; no siempre, sino cuando tenemos problemas. El temor, de alguna manera, logra pasearse por la mente a voluntad. La depresión oscurece la mente; la ira la hace estallar en confusión incontrolable.
Las culturas antiguas tienden a repetir la noción de que la mente es inquieta y poco fiable. En India, la metáfora más común compara a la mente con un elefante salvaje, y se dice que calmar la mente es como amarrar al elefante a una estaca. En el budismo, se la compara con un mono que se esfuerza por ver el mundo con los cinco sentidos. Los monos son célebres por ser impulsivos e inconstantes, capaces de hacer cualquier cosa sin previo aviso. La psicología budista no pretende domar al mono sino conocer sus costumbres, aceptarlas y entonces trascender a una conciencia más elevada, más allá de la inconstancia de la mente.
Las metáforas no te llevarán a donde puedas amar la mente; debes encontrar por ti mismo la experiencia real de paz y calma. El secreto para hacerlo es liberar la mente. Cuando es libre, la mente se tranquiliza. Renuncia a su inquietud y se convierte en un canal para la paz. Esta solución parece oponerse al sentido común, porque nadie afirmaría que un elefante salvaje o un mono pueden domarse liberándolos. Dirían que el animal libre sólo se haría más salvaje, pero este secreto se basa en la experiencia: la mente es “salvaje” porque tratamos de confinarla y controlarla. En un nivel más profundo hay un orden completo. Ahí, pensamientos e impulsos fluyen en armonía con lo que es correcto y mejor para cada persona.
Entonces, ¿como podemos liberar a la mente? Primero debemos comprender cómo quedó atrapada. La libertad no es una condición a la que podamos acceder abriendo simplemente una puerta o rompiendo unos grilletes. La mente es su propio grillete, como supo el poeta William Blake al contemplar a las personas en las calles de Londres:
En el sollozo de cada hombre
En el grito temeroso de cada infante
En cada voz, en cada prohibición
Escucho las esposas que forjan la mente.

En su intento por comprender cómo la mente se atrapa a si misma, los antiguos sabios hindúes concibieron el concepto clave samskara (derivado de dos palabras sánscritas que significan “fluir juntos”). Un samskara es un surco en la mente que permite a los pensamientos fluir en la misma dirección.
La psicología budista hace un uso sofisticado del concepto al describir los samskaras como huellas en la mente que tienen vida propia. Tus samskaras personales, desarrollados a partir de recuerdos, te fuerzan una y otra vez a reaccionar de la misma manera limitada, privándote de libre albedrío (esto es, de elegir como la primera vez).
La mayoría de las personas desarrollan una identidad con base en samskaras sin saber que lo están haciendo. Pero las pistas son inconfundibles. Piensa en las personas propensas a ataques de ira. Estos arranques constan de varias etapas: primero hay algún síntoma físico: compresión en el pecho, inicio de dolor de cabeza, taquicardia, respiración superficial. Entonces se produce un impulso. La persona siente que la ira se acumula como el agua tras un dique. La presión es tanto física como emocional; el cuerpo quiere deshacerse del malestar y la mente desea liberar los sentimientos reprimidos. En este momento la persona busca una excusa para lanzar un ataque a gran escala. La excusa puede fabricarse a partir de cualquier pequeña infracción: una actividad no realizada por los hijos, un mesero lento, un dependiente poco obsequioso.
Finalmente aparece la erupción de cólera, y sólo hasta que se calma, la persona se da cuenta del daño que ha hecho. El ciclo termina con remordimientos y el propósito de no estallar de nuevo. La vergüenza y la culpa entran en Juego prometiendo aplacar el impulso en el futuro; por su lado, la mente reflexiona racionalmente sobre la insensatez de ventilar la ira con tal imprudencia.
A quienes sufren ataques de ira les resulta difícil reclamar el poder de elegir. Cuando el impulso comienza a producir humo, la presión debe hallar escape. Con frecuencia, sin embargo, hay connivencia, un acuerdo tácito de que la ira tome el control. En algún momento de su pasado, estas personas decidieron adoptar la ira como un mecanismo para enfrentar las dificultades. La vieron en acción en sus familias o en la escuela; relacionaron poder con intimidación, e identificaron a esta última como el único medio para acceder al poder. Estas personas suelen ser incapaces de expresarse verbalmente, y sus explosiones de enojo se convierten en sustituto de palabras y pensamientos. Una vez que adquirieron este hábito dejaron de buscar otras vías. La cólera que quisieran controlar está unida a ellas por la necesidad y el deseo; no saben cómo obtener lo que desean sin ella.
Ésta es la anatomía del samskara en toda su variedad. Podemos sustituir la palabra ira con muchas otras: ansiedad, depresión, adicción sexual, abuso de estupefacientes, compulsión obsesiva, y todas demostrarán cómo los samskaras privan a las personas de libre albedrío. Incapaces de eludir sus recuerdos tóxicos, se adaptan a ellos agregando más y más    capas de impresiones. Las capas más bajas, colocadas en la infancia, continúan enviando sus mensajes, razón por la cual los supuestos adultos se sienten como niños impulsivos y asustados cuando se ven en el espejo. El pasado todavía no ha sido elaborado lo suficiente; los samskaras gobiernan la mente con base en un caos de experiencias viejas y caducas.

Los recuerdos almacenados son como microchips programados para enviar el mismo mensaje una y otra vez. Cuando te descubres mostrando una reacción fija, el mensaje ya fue enviado: no tiene caso tratar de cambiar el mensaje. No obstante, así es como la mayoría de las personas intenta domar a la mente. Reciben un mensaje que no les gusta y su reacción es una de estas tres:

Manipulación

Control

Negación

Sí los analizas cuidadosamente, resulta claro que estos tres comportamientos se presentan después del hecho: consideran el desorden de la mente como causa de angustia, no como síntoma. Estas supuestas soluciones tienen terribles efectos negativos.

La manipulación consiste en obtener lo que quieres ignorando o dañando los deseos de los demás. Los manipuladores utilizan el encanto personal, la persuasión, la coacción, las artimañas y la falsa información. La idea subyacente es: “Debo engañar a las personas para obtener lo que quiero”.

Cuando están realmente inmersos en sus maniobras, los manipuladores incluso llegan a imaginar que están haciendo un favor a sus víctimas. Después de todo, ¿a quién no le gustaría ayudar a una persona tan divertida? Puedes descubrirte cayendo en este comportamiento cuando no escuchas a otras personas, ignoras lo que quieren y crees que tus deseos no tienen un costo para los demás. También hay señales externas. La presencia de un manipulador trae tensión, estrés, quejas y conflicto ante una situación. Algunas personas practican manipulaciones pasivas: montan escenarios del tipo “pobre de mí” para provocar lástima en los demás. O pueden buscar culpables haciéndoles pensar que lo que quieren está mal. La manipulación termina cuando dejas de asumir que tus deseos son lo más importante. Entonces puedes reconectarte con los demás y confiar en que sus deseos pueden coincidir con los tuyos. Cuando no hay manipulación, las personas sienten que lo que desean cuenta. Confían en que estás de su lado; no eres visto como actor o vendedor. Nadie se siente engañado.

El control consiste en imponer tu manera de hacer las cosas a situaciones y personas. El control es la gran máscara de la inseguridad. Quienes utilizan este comportamiento sienten un miedo mortal a dejar a los demás ser como son, así que el controlador constantemente hace exigencias que mantienen a los demás fuera de equilibrio. La idea subyacente es: “SÍ siguen prestándome atención, no se irán”. Cuando te descubres urdiendo excusas para tu comportamiento y culpando a los demás, o cuando sientes que nadie te agradece o reconoce lo suficiente, la culpa no es de ellos: estás exhibiendo una necesidad de controlar. Las señales externas de este comportamiento provienen de quienes tratas de controlar: se sienten tensos y recelosos, se quejan de no ser escuchados, te llaman perfeccionista o Jefe intransigente. El control empieza a capitular cuando aceptas que tu punto de vista no es necesariamente el correcto. Puedes detectar tu necesidad de controlar si adviertes cuándo te quejas, culpas, insistes en que sólo tú tienes la razón y esgrimes una excusa tras otra para demostrar que estás libre de culpa. Una vez que dejas de controlarlas, las personas que te rodean empiezan a respirar con libertad, se relajan y ríen, se sienten libres de ser quienes son sin esperar tu aprobación.

La negación es rehuir el problema en lugar de enfrentarlo. Los psicólogos consideran a la negación el más infantil de los tres comportamientos, porque está íntimamente relacionado con la vulnerabilidad. La persona se siente incapaz de resolver problemas, como un niño. El temor está vinculado con la negación, al igual que una necesidad infantil de amor ante la inseguridad. La idea subyacente es; “No debo considerar lo que, por principio de cuentas, no puedo cambiar”. Puedes descubrirte practicando la negación cuando experimentas falta de concentración, fallas de memoria, postergación, renuencia a confrontar a quienes te dañan, fantasía, falsas esperanzas y confusión. La principal señal externa es que los demás no confían en ti o no te buscan cuando se requiere una solución. Al desconcentrarte, la negación te defiende con la ceguera. ¿Cómo se te podría acusar de fallar en algo que ni siquiera ves? La negación se supera enfrentando las verdades dolorosas. El primer paso es expresar cómo te sientes. Para la persona que presenta una profunda negación, los sentimientos que la hagan pensar que está insegura son, en general, los que debe enfrentar. La negación comienza a ceder cuando te sientes concentrado, alerta y dispuesto a participar a pesar de tus temores.

Cada uno de estos comportamientos intenta demostrar un imposible: la manipulación que puedes forzar a cualquiera a hacer lo que quieres; el control que nadie puede rechazarte a menos que tú lo dispongas; la negación que las cosas malas desaparecerán si no las ves. Lo cierto es que las demás personas pueden negarse a hacer lo que quieres, abandonarte sin una buena razón, y provocar problemas, los veas o no. Es imposible predecir durante cuánto tiempo seguiremos intentando demostrar lo contrario, pero sólo cuando admitimos la verdad, el comportamiento termina por completo.

Lo siguiente que debemos saber sobre los samskaras es que no son silenciosos. Esas profundas impresiones en la mente tienen voz; escuchamos sus reiterados mensajes como palabras en nuestra cabeza. ¿Es posible distinguir cuáles voces son verdaderas y cuáles falsas? Ésta es una pregunta importante porque es imposible pensar sin escuchar algunas palabras en nuestra cabeza.

A principios del siglo XIX un oscuro pastor de Dinamarca conocido como Maestro Adier, fue expulsado de su iglesia. Se le condenó por desobedecer a las autoridades, pues afirmó que había recibido una revelación directamente de Dios. Muchos pensaron que Adier había perdido la razón. Desde el pulpito aseveró que si hablaba con voz aguda y chillona estaba transmitiendo una revelación, y que si lo hacía con su voz normal, grave, se trataba de él.

Este extraño comportamiento hizo dudar a la congregación de la cordura del pastor y no tuvieron más alternativa que echarlo. Las noticias del caso llegaron al gran filósofo danés Sóren Kierkegaard, quien formuló la pregunta fundamental: ¿es posible demostrar que alguien escucha la voz de Dios? ¿Qué comportamiento o indicio externo permitiría distinguir entre una revelación auténtica y una falsa? El infortunado clérigo probablemente sería declarado esquizofrénico en nuestros días. Kierkegaard concluyó que Adier no hablaba con la voz de Dios; sin embargo, también opinó que nadie sabe de dónde provienen las voces interiores. Simplemente las aceptamos, así como al torrente de palabras que llena nuestras cabezas.

Una persona profundamente religiosa puede afirmar incluso que cada voz interna es la voz de Dios. Pero hay algo indudable: todos escuchamos las voces internas de un coro que clama. Fastidian, elogian, engatusan, juzgan, advierten, sospechan, descreen, confían, se quejan, expresan esperanza, amor y miedo, sin ningún orden particular. Es demasiado simplista afirmar que todos tenemos un lado bueno y uno malo; todos tenemos miles de aspectos configurados por nuestras experiencias pasadas. Es imposible calcular cuántas voces estoy escuchando. Siento que algunas se remontan a mi infancia; suenan como huérfanos de mis experiencias más remotas y me suplican que los recoja. Otras son voces adultas y ásperas, y en ellas escucho a personas que me juzgaron o castigaron. Cada voz cree que merece toda mi atención, sin importarle que las otras piensen lo mismo. No hay un yo central que se eleve por encima del alboroto y sofoque ese tumulto de opiniones, exigencias y necesidades. Aquella voz a la que en determinado momento presto más atención se convierte en Mi voz, sólo para ser desalojada cuando desplazo mí atención. La anarquía de este incesante ir y venir prueba cuan fragmentado estoy.

¿Cómo puede domarse este coro que clama? ¿Cómo puedo recuperar un sentido del yo adecuado a una realidad? La respuesta, de nuevo, es la libertad, pero en un sentido muy peculiar. Debes liberarte de las decisiones. La voz que habla en tu cabeza desaparecerá una vez que dejes de elegir. Un samskara es una elección que recuerdas del pasado. Cada elección te cambió un poco. El proceso inició cuando naciste y continúa hasta hoy. En vez de combatirlo, todos creemos que debemos seguir haciendo elecciones; como resultado, seguimos agregando nuevos samskaras y reforzando los viejos. (En el budismo, a esto se le llama rueda de samskara porque las mismas reacciones regresan una y otra vez. En sentido cósmico, la rueda de samskara lleva a las almas de una vida a la siguiente, las viejas huellas nos impulsan a enfrentar los mismos problemas aun más allá de la muerte.) Kierkegaard escribió que la persona que ha encontrado a Dios se libera de las elecciones. ¿Pero qué se siente que Dios tome decisiones por uno? Creo que tendríamos que estar profundamente conectados con Dios para responder esa pregunta.

No obstante, en un estado de conciencia simple, las elecciones más evolutivas parecen llegar espontáneamente. Aunque el ego agoniza con cada detalle de una situación, una parte más profunda de tu conciencia sabe qué hacer, y sus elecciones surgen con elegancia y coordinación perfectas. ¿No es cierto que todos hemos experimentado destellos de claridad en los que súbitamente sabemos qué hacer? Conciencia sin elecciones es otra manera de nombrar la conciencia libre. Al liberar a tu elector interno, reclamas tu derecho a vivir sin fronteras, actuando según la voluntad de Dios con total confianza.

¿Quedamos atrapados por el simple hecho de elegir? Ésta es una idea sorprendente porque se opone a un comportamiento de toda la vida. Todos hemos vivido la vida con una elección a la vez. El mundo exterior es como un enorme bazar que ofrece una deslumbrante colección de posibilidades, y todos compramos de acuerdo con lo que consideramos mejor para nosotros. La mayoría de las personas se conocen a sí mismas por lo que trajeron en su bolsa de compras: casa, empleo, cónyuge, auto, hijos, dinero. Sin embargo, cada vez que elegimos A en lugar de B, nos forzamos a dejar atrás alguna parte de la realidad única. Nos definimos por preferencias selectivas y completamente arbitrarias.

La alternativa consiste en dejar de concentrarnos en los efectos y buscar las causas. ¿Quién es tu elector interno? Esta voz es una reliquia del pasado, suma de viejas decisiones que persisten más allá de su tiempo. En este momento vives con la carga de tu yo pasado, que ya no está vivo. Debes proteger los millares de elecciones que integran el yo muerto. No obstante, el elector podría tener una vida mucho más libre. Si las elecciones ocurrieran en el presente y fueran plenamente valoradas justo ahora, no habría nada a qué aferrarse y el pasado no se acumularía hasta convertirse en una carga aplastante.

La elección debería ser un flujo. De hecho, el cuerpo indica que es la manera más natural de existir. Como vimos antes, las células sólo conservan el alimento y el oxígeno necesarios para sobrevivir unos cuantos segundos. No acumulan energía porque nunca saben qué pasará a continuación. Las respuestas flexibles son mucho más importantes
para la supervivencia que el aprovisionamiento. Desde cierto punto de vista, esto las hace completamente vulnerables; sin embargo, por más frágil que parezca una célula, no pueden ignorarse dos billones de años de evolución.

Todos sabemos elegir; pocos sabemos dejar ir. Pero sólo dejando ir cada experiencia podemos abrir espacio para la siguiente. La habilidad en dejar ir puede aprenderse; una vez aprendida, disfrutarás vivir mucho más espontáneamente.



Dejar ir
Cómo elegir sin quedar atrapado

q  Aprovecha al máximo cada experiencia.
q  No te obsesiones con decisiones correctas o incorrectas.
q  No defiendas una imagen propia.
q  Supera los riesgos.
q  No tomes decisiones si tienes dudas.
q  Ve las posibilidades en todo lo que pase.
q  Encuentra la corriente.

Aprovechar al máximo cada experiencia.
Vivir plenamente se exalta por todas partes en la cultura popular. Basta encender la televisión para ser asaltados por mensajes como: “Es lo mejor que un hombre puede tener”, “Es como tener un ángel a tu lado”, “Cada movimiento es suave, cada palabra es la justa. No quiero perder ese sentimiento jamás” “Tú miras, ellos sonríen. Tú ganas, ellos se van a casa”. ¿Qué se está vendiendo aquí? Una fantasía de placer sensual total, estatus social, atracción sexual, y la imagen de un triunfador.
Por cierto, todas estas frases provienen del mismo comercial de rastrillos para afeitar, pero vivir plenamente es parte de casi todas las campañas publicitarias. Lo que no se menciona, sin embargo, es qué significa en realidad experimentar algo plenamente. En vez de buscar sobrecargas sensoriales que duren por siempre, descubrirás que las experiencias necesitan abordarse en el nivel del significado y la emoción.
El significado es esencial. Si este momento te importa en verdad, lo vivirás plenamente. La emoción incorpora la dimensión de sintonía y participación: una experiencia que toca tu corazón hace que el significado sea mucho más personal. La sensación física pura, el estatus social, la atracción sexual y el sentirse como un ganador son, en general, superficiales, razón por la cual las personas las ansían repetidamente. Si convives con atletas que han ganado cientos de juegos, o con solteros sexualmente activos que se han acostado con cientos de parejas, descubrirás rápidamente dos cosas: 1) La cantidad no cuenta mucho; en el fondo, el atleta no suele sentirse como un ganador; el conquistador sexual no suele sentirse profundamente atractivo o valioso. 2) Cada experiencia ofrece recompensas progresivamente menores; la emoción de ganar o seducir es cada vez menos excitante y dura menos.
Experimentar plenamente éste o cualquier momento significa participar de manera total. Por ejemplo, conocer a una persona puede ser una experiencia totalmente efímera y sin sentido a menos que accedas a su mundo, encuentres algo que sea significativo en su vida e intercambies al menos un sentimiento sincero. La sintonía con otros es un flujo circular: tú te proyectas hacia las personas y las recibes cuando responden. Observa cuan pocas veces sucede esto. Te mantienes apartado y te aíslas; envías sólo las señales más superficiales y recibes poco o nada.
El mismo círculo debe estar presente aun cuando no haya nadie más. Analiza la manera en que tres personas pueden contemplar la misma puesta de sol. La primera está obsesionada con un negocio y no repara siquiera en ella, aunque sus ojos están registrando los fotones que caen en su retina; la segunda piensa: “Bonita puesta de sol. No hemos tenido una así en mucho tiempo”; la tercera es un pintor que empieza inmediatamente un boceto del paisaje. Las diferencias entre las tres es que la primera persona no envió ni recibió nada; la segunda permitió que su conciencia recibiera la puesta de sol pero no pudo transmitir nada; su respuesta fue automática; la tercera fue la única que cerró el círculo: interiorizó la puesta de sol y la convirtió en una respuesta creativa que envió su conciencia hacia el mundo para dar algo.
Si en verdad quieres experimentar plenamente la vida, debes cerrar el círculo.
Decisiones correctas e incorrectas.
Si te obsesionas por tomar la decisión correcta, estás asumiendo que el universo te recompensará por una cosa y te castigará por otra. Ésta es una asunción equivocada porque el universo es flexible: se adapta a todas tus decisiones. Correcto e incorrecto son sólo ideas. Inmediatamente escucho fuertes objeciones emocionales a esto. ¿Qué hay del marido perfecto? ¿Qué hay del empleo perfecto? ¿Qué hay del auto perfecto? Todos estamos habituados a actuar como clientes con las personas, los empleos y los autos: queremos el mejor rendimiento por nuestro dinero. Pero en realidad, las decisiones que calificamos correctas e incorrectas son arbitrarias. El marido perfecto es uno entre cientos o miles de hombres con quienes podrías compartir una vida satisfactoria. El mejor empleo es imposible de definir, pues resulta bueno o malo según decenas de factores que entran en juego después de elegirlo. (¿Quién sabe de antemano cómo son los colegas, cuál es el clima corporativo, si tendrás la idea correcta en el momento indicado?) Y el mejor auto puede verse involucrado en un accidente dos días después de comprarlo.
El universo no tiene un programa definido. Una vez que tomas cualquier decisión, él opera alrededor de esa decisión. No hay correcto o incorrecto, sólo una serie de posibilidades que pueden cambiar con cada pensamiento, sentimiento y acción que experimentes. Si esto suena demasiado místico, considera de nuevo tu cuerpo. Todos los signos vitales importantes —temperatura corporal. Frecuencia cardiaca, consumo de oxígeno, nivel hormonal, actividad cerebral, etcétera— cambian en el momento en que decides hacer algo. El metabolismo de un corredor no puede ser tan lento como el de alguien que está leyendo, porque sin un consumo mayor de aire y una frecuencia cardiaca más alta, el corredor se sofocaría y sufriría un colapso o espasmos musculares.
Las decisiones son señales que indican a tu cuerpo, mente y entorno que se muevan en determinada dirección. Puede suceder que después te sientas insatisfecho con la dirección elegida, pero obsesionarse con las decisiones correctas o incorrectas es lo mismo que no seguir ninguna. No olvides que tú eres el elector: eres mucho más que cualquier decisión individual que hayas tomado o tomes en el futuro.


Defender una imagen propia.
A lo largo de los años has construido una imagen idealizada que llamas “yo” y defiendes. Esta imagen incluye todas las cosas que deseas te conciernan. De ella están desterrados todos los aspectos vergonzosos, culpables y amenazantes que ponen en peligro tu confianza en ti. Pero esos mismo aspectos que intentas rechazar regresan como las voces más insistentes, más exigentes de tu cabeza. Ese destierro da lugar al caos de tu diálogo interno y por tanto, tu ideal se erosiona aun cuando haces todo lo posible por verte bien y sentirte bien contigo mismo.
Para sentirte en verdad bien contigo mismo, renuncia a tu imagen propia. Inmediatamente te sentirás más abierto, permeable y relajado. Vale la pena recordar un comentario sorprendente del renombrado maestro espiritual hindú Nisargadatta Maharaj: “Si te observas, sólo tienes un yo cuando tienes problemas” Si esto te parece increíble, imagina que vas caminando por un vecindario en una zona peligrosa de la ciudad. A tu alrededor hay personas cuya mirada te pone nervioso. El sonido de acentos extraños te recuerda que eres diferente a ellas y sientes peligro. La percepción de amenaza provoca que te batas en retirada; te apartas y constriñes. Esta táctica abre una brecha aún mayor entre tú y lo que temes.
Pero esa retirada al yo aislado y constreñido no te protege de nada. Es imaginaria. Y al aumentar la brecha impides que ocurra lo único que podría servirte: la expansión a una sensación mayor de tranquilidad. Maharaj sostiene que lo que llamamos “yo” es una contracción alrededor de un núcleo vacío, cuando en realidad fuimos hechos para ser libres y expansivos en nuestra conciencia.
Se dedica mucho tiempo en la autoayuda a convertir una mala imagen propia en buena. Aunque esto suena razonable, todas las imágenes propias tienen el mismo inconveniente: te recuerdan quién fuiste, no quién eres. La idea misma del yo está cimentada en recuerdos, y esos recuerdos no son tú. SÍ te liberas de tu imagen propia, serás libre de elegir como si fuera la primera vez.
La imagen propia mantiene la realidad a raya, particularmente en el nivel emocional. Muchas personas no admiten lo que en realidad sienten. Su imagen propia les dicta que, por ejemplo, estar enojados o mostrar ansiedad no es permisible. Estos sentimientos no se ajustan a “el tipo de persona que quiero ser”. Ciertas emociones parecen demasiado peligrosas para conformar tu propia imagen ideal, por lo cual adoptas un disfraz que las excluye. La ira y el temor reprimidos pertenecen a esta categoría, pero también la alegría inmensa, el éxtasis y la espontaneidad despreocupada. Te liberas del control de la propia imagen cuando:
Sientes lo que sientes.
Las cosas dejan de ofenderte.
Dejas de evaluar cómo te hace ver una situación.
No excluyes personas a las que te sientes superior o inferior.
Dejas de preocuparte de lo que piensen de ti los demás.
Dejas de obsesionarte por el dinero, el estatus o las pertenencias.
Dejas de sentir la necesidad de defender tus opiniones.

Superar los riesgos.

Mientras el futuro siga siendo impredecible, toda decisión implica algún nivel de riesgo. Por lo menos, ésa es la historia aceptada universalmente. Se nos dice que ciertos alimentos nos ponen en riesgo de sufrir ataques al corazón y cáncer, por ejemplo, y lo más lógico es cuantificar el riesgo y mantenernos cerca de los números más bajos. Pero la vida no puede cuantificarse. Por cada estudio que demuestra un hecho cuantificable sobre las cardiopatías (por ejemplo, que las personas que beben un litro de leche al día son 50 por ciento menos propensos a sufrir ataques al corazón severos), hay otro estudio que demuestra que el estrés eleva el riesgo de sufrir cardiopatías sólo si la persona es susceptible a él (hay quienes lo disfrutan).
El riesgo es mecánico. Supone que no hay inteligencia detrás de las situaciones, sólo un cierto número de factores que producen cierto resultado. Tú puedes superar los riesgos si sabes que hay inteligencia infinita operando en la dimensión oculta de tu vida. En el nivel de esta inteligencia, tus elecciones siempre están respaldadas. El propósito de evaluar los riesgos sería ver si tu línea de acción es razonable; el análisis de los riesgos no debe desestimar los factores más importantes, evaluados en el nivel de la conciencia profunda;

¿Siento que esta elección es adecuada para mí?
¿Me interesa lo que conduce a esta elección?
¿Me agradan las personas implicadas?
¿Esta decisión es buena para mi familia en conjunto?
¿Esta decisión es apropiada en esta etapa de mi vida?
¿Me siento justificado moralmente para tomar esta decisión?
¿Esta decisión me ayudará a crecer?
¿Tendré oportunidad de ser más creativo y sentirme inspirado por lo que estoy a punto de hacer?

Cuando estas cosas salen mal las elecciones no resultan.
Los riesgos pueden ser pertinentes pero no decisivos. Quienes pueden evaluar sus elecciones en el nivel profundo de la conciencia se alinean con la inteligencia infinita, y por tanto tienen más posibilidades de éxito que quienes hacen muchos cálculos.
En caso de duda. Es difícil dejar ir cuando no sabes sí tomaste la decisión correcta. La duda persiste y nos ata al pasado. Muchas relaciones terminan en divorcio debido a la falta de compromiso, pero esa falta de compromiso no se desarrolló con el tiempo; estaba presente desde el principio y nunca se resolvió. Es importante no tomar decisiones fundamentales si tienes dudas. El universo favorece las acciones cuando han comenzado. Esto significa que al tomar una dirección, pones en marcha un mecanismo que es muy difícil revertir. ¿Puede una mujer casada sentirse soltera simplemente porque así lo desea? ¿Puedes sentir que no eres hijo de tus padres simplemente porque crees que sería mejor tener otros?
En ambos casos, los lazos con una situación, una vez dada, son fuertes. Sin embargo, cuando tienes dudas, detienes momentáneamente al universo: no favorece ninguna dirección en particular.
Esta pausa tiene un aspecto bueno y otro malo. El bueno es que te das espacio para tomar conciencia de más cosas, y con más conciencia, el futuro puede ofrecerte nuevas razones para actuar de una u otra manera. El aspecto malo es que la inercia no es productiva: sin elecciones no puedes crecer ni evolucionar. Si las dudas persisten, debes liberarte del estancamiento. La mayoría de las personas lo alcanza zambulléndose en la siguiente elección, viviendo la vida al azar: “Esto no funcionó. Lo mejor será que haga otra cosa, no importa qué”.
Por lo general, las personas que eligen de manera arbitraria (incursionando imprudentemente por la casa vecina, el próximo empleo, la siguiente relación que se presenta) resultan ser calculadoras en exceso. Pasan tanto tiempo evaluando los riesgos, analizando pros y contras, y valorando las peores situaciones posibles, que ninguna elección parece correcta y la frustración los impulsa a terminar en el punto muerto. Irónicamente, estos saltos irracionales a veces funcionan. El universo tiene más cosas guardadas para nosotros de las que podemos predecir, y las malas elecciones con frecuencia se resuelven favorablemente porque nuestras aspiraciones ocultas saben a dónde vamos.
Aun así, la duda resulta destructiva para esa cualidad que la conciencia intenta llevar a ti: el conocimiento. En un nivel profundo, tú eres el conocedor de la realidad. La duda es síntoma de que no te has vinculado con tu conocedor interno.
Normalmente significa que te estás dejando fuera de ti mismo cuando debes hacer una elección. Tu decisión estará basada en factores externos. Para la mayoría de las personas, los factores externos más fuertes se reducen a lo que otras piensan, porque adaptarse es el camino de la menor resistencia.
Pero adaptarse es como asumir la inercia. La aceptación social es el menor común denominador del yo: es tú como unidad social en vez de tú como persona única. Descubre quién eres en realidad; que adaptarte sea lo último que pienses. Ello ocurrirá o no ocurrirá, pero en cualquier caso ya no tendrás más dudas sobre ti.
No existe una fórmula para eliminar las dudas porque el encuentro con el conocedor interior es una tarea personal. Debes comprometerte a expandir tu conciencia. No dudes de esto. Si miras hacia dentro y sigues el camino que lleva a tu inteligencia interna, el conocedor estará ahí esperándote.
Ver las posibilidades.
Sería mucho más fácil dejar ir los resultados si cada elección resultara bien. ¿Y por qué no debiera ser así? En la realidad única no hay oportunidades malgastadas, sólo nuevas oportunidades. Pero a la personalidad centrada en el ego le gusta que las cosas estén conectadas. Llegar en segundo lugar hoy es mejor que haber llegado en tercer lugar ayer, y mañana quiero llegar en primero. Esta clase de pensamiento lineal refleja una concepción burda del progreso.
El crecimiento real ocurre en muchas dimensiones. Lo que te ocurre puede influir en tu manera de pensar, sentir, relacionarte con los demás, comportarte en una situación determinada, adaptarte al entorno, percibir el futuro o a ti mismo. Todas estas dimensiones deben evolucionar para que tú lo hagas. Intenta ver las posibilidades en todo lo que ocurra. Sí no consigues lo que esperabas o deseabas, pregúntate; “¿Hacia dónde debo ver?” Esta actitud resulta muy liberadora.
En una dimensión u otra, todos los sucesos de la vida se resuelven en una de dos cosas: o son buenos para ti, o plantean lo que necesitas ver para crear el bien en ti. En la evolución ganas de todas maneras, aseveración que proviene no de un optimismo ciego sino de lo que, de nuevo, observamos en el cuerpo. Todo lo que ocurre dentro de una célula es parte de su operación saludable o una señal de que se debe rectificar.
La energía no se gasta al azar ni caprichosamente sólo para ver qué ocurre. La vida también se corrige a sí misma de este modo. Como elector puedes actuar por capricho; puedes seguir caminos arbitrarios o irracionales. Pero la maquinaría subyacente de la conciencia no se altera. Ella sigue obedeciendo los mismos principios;
Adaptarse a tus deseos.
Mantener todo en equilibrio.
Armonizar tu vida individual con la vida del cosmos.
Hacerte consciente de lo que haces.
Mostrarte las consecuencias de tus actos.
Hacer tu vida tan real como sea posible.

Como tienes libre albedrío, puedes ignorar estos principios por completo. Todos lo hacemos en un momento u otro. Pero no puedes alterarlos. La vida depende de ellos. Son la base de la existencia, aunque tus deseos vayan o vengan, y la base de la existencia es inmutable. Una vez que asimilas esta verdad, puedes alinearte con cualquier posibilidad que se cruce en tu camino, confiando en que la ganancia segura es la actitud que la vida ha mostrado durante billones de años.

Encontrar la corriente de la alegría.
Mi imaginación quedó cautivada por un episodio de las aventuras de Carlos Castañeda, cuando su maestro Don Juan lo envía con una bruja que tiene la capacidad de adoptar la percepción de cualquier criatura. La bruja permite a Castañeda sentirse exactamente como una lombriz de tierra. ¿Qué percibe él? Enorme excitación y poder. En vez de ser la minúscula criatura ciega que la lombriz parece a ojos humanos. Castañeda se siente como una excavadora que aparta cada grano de tierra como si se tratara de una roca: es imponente y poderoso. En vez de parecerle un trabajo pesado, la excavación es motivo de euforia, la euforia de alguien que puede mover montañas con su cuerpo.
En tu vida hay una corriente de alegría igualmente elemental e inamovible. Una lombriz nada más se conoce a sí misma, por lo que no puede desviarse de la corriente de la alegría. Tú puedes dispersar tu conciencia en cualquier dirección, y con ello, distraerte de la corriente. No podrás dejar ir tu imagen ni tu mente inquieta hasta que sientas, sin lugar a dudas, una alegría palpable en ti mismo. El renombrado maestro espiritual J. Krishnamurti comentó de pasada algo que me resultó conmovedor. Las personas no se dan cuenta, dijo, de cuan importante es despertar cada mañana con una canción en el corazón. Cuando leí eso, hice una prueba. Pedí en mi interior escuchar la canción, y durante algunas semanas, sin otra participación de mi voluntad, percibí una canción; era lo primero que venía a mi mente cuando despertaba.
Pero también sé que Krishnamurti hablaba metafóricamente: la canción significa alegría en la existencia, una alegría independiente de buenas o malas elecciones. Pedirte esto a ti mismo es lo más fácil y lo más difícil. Pero no permitas que pase de largo, no importa cuan compleja se haga tu vida. Mantén ante ti la visión de liberar tu mente, y cuando lo logres, serás acogido por una corriente de felicidad.


CAMBIA TU REALIDAD PARA ALBERGAR
EL SEXTO SECRETO


El sexto secreto trata sobre la vida sin elecciones. Como todos tomamos nuestras decisiones muy en serio, adoptar esta actitud requiere un cambio importante. Puedes empezar hoy con un sencillo ejercicio. Siéntate unos minutos y evalúa algunas de las elecciones más importantes hechas a lo largo de los años. Toma una hoja de papel y traza dos columnas encabezadas así: “Buena elección” y “Mala elección”.
En cada columna escribe al menos cinco elecciones relacionadas con los momentos que consideres más memorables y decisivos de tu vida hasta ahora. Probablemente empezarás con los momentos decisivos que compartimos casi todas las personas (la relación importante que se vino abajo, el empleo que rechazaste o que no obtuviste, la decisión de elegir una profesión), pero asegúrate de incluir elecciones privadas que sólo tú conoces (la pelea de la que huiste, la persona que no te atreviste a confrontar, el momento de valor cuando venciste un temor profundo).
Cuando tengas tu lista, piensa en una cosa buena que haya resultado de malas elecciones y una cosa mala que haya resultado de elecciones buenas. Este ejercicio permite desechar etiquetas y entrar en contacto con la flexibilidad real de la vida. Si prestas atención, comprobarás que no sólo una sino muchas cosas buenas resultaron de malas decisiones, mientras que muchas cosas malas están enmarañadas en decisiones buenas. Por ejemplo, puedes tener un empleo maravilloso pero estar involucrado en una relación terrible en el trabajo, o haber chocado tu auto mientras te dirigías a él. Puedes estar feliz de ser madre pero saber que ello restringe drásticamente tu libertad personal. Puedes ser soltero y estar muy satisfecho de todo lo obtenido por ti mismo, pero también te has perdido del crecimiento que resulta de estar casado con alguien a quien amas profundamente.
Ninguna de las decisiones que has tomado te lleva en línea recta adonde estás ahora. Echaste un vistazo a algunos caminos y avanzaste algunos pasos antes de dar marcha atrás.

Seguiste algunos caminos sin salida y otros que se perdieron luego de muchas intersecciones. En última instancia, todos están conectados con los demás. Libérate de la idea de que tu vida consiste en elecciones buenas y malas que conducen tu destino en línea recta. Tu vida es producto de tu conciencia. Toda elección deriva de esto, así como todo paso hacia el crecimiento.
Deepak Chopra: El libro de los secretos.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario